“Primero, no toques las agujas de tu corazón. Segundo, domina tu cólera. Tercero y más importante, no te enamores jamás de los jamases. Si no cumples estas normas, la gran aguja del reloj de tu corazón traspasará tu piel, tus huesos se fracturarán y la mecánica del corazón se estropeará de nuevo.”
La Mecánica del Corazón, Mathias Malzieu

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Untitled - Ana Teresa Fernández
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Ensaladilla rusa

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El porqué de las pequeñas cosas

… aparece en tu vida cuando menos lo esperas. En horas de soledad, cuando sientes que tus brazos crecen de más y tu propio estómago se encoge y las costillas parecen no contenerte, piensas en cosas pequeñas para intentar controlar todo eso que crece demasiado. Pienso en las olas de Naiguatá rompiendo de derecha a izquierda y dejando en la arena una ala rota. Pienso en los pelícanos levantando el vuelo con una presa entre los dientes. Y aquí, en París, siempre hace frío, siempre camino con la cabeza gacha, y en una esquina sus magníficos edificios se hacen más grises y en la siguiente están coronados de oro y bañados en una luz caraqueña que mis ojos entristecidos han traído hasta aquí. Tengo veinte años y todavía estoy llorando sin explicación. Quizá por esta belleza que me refugia día a día mientras a nuestro alrededor todo se derrumba. Las elegantes mujeres parisinas luchan por sostener su mítica elegancia con zapatos cubiertos con trozos de cajas de cartón y atados a lo que, una vez, fueron exquisitas hormas de pieles sofisticadas con cordones que empiezan a deshilacharse mientas sigue lloviendo y más y más uniformes grises con águilas dibujadas en el pecho se pasean por la ciudad y forman filas, detienen a mujeres de cabellos rubios y ojos asustados y a algunas las suben a autobuses que aparecen de la nada sin que medie entre ellos ningún grito, ningún gesto de ayuda. Cuesta creerlo, pero es esa resignación la pequeña cosa, la enorme lección. ¿Qué estamos haciendo con nuestro mundo?

Villa Diamante, Boris Izaguirre

La mano del pintor —su mano viva—
no puede ser ligera o minuciosa,
apresar, perseguir, ni puede ociosa,
dibujar sin razón, ni ser activa,

ni sabia, ni brutal, ni pensativa,
ni artesana, ni loca, ni ambiciosa,
ni puede ser sutil ni artificiosa;
la mano del pintor —la decisiva—

ha de ser una mano que se abstiene
—no muda, ni neutral, ni acobardada—,
una mano, vacante, de testigo,

intensa, temblorosa, que se aviene
a quedar extendida, entrecerrada:
una mano desnuda, de mendigo.

Mano vacante, Ramón Gaya